1/15/2014

La Muerte Absurda...









Albert Camus, el escritor y filósofo argelino-francés,decía que no había nada más escandaloso que la muerte de un niño y nada más absurdo que morir en un accidente de automóvil...
Pero pasó que el 4 de enero 1960,a los 47 años de edad, falleció sin tener tiempo de interrogarse sobre el sentido de la existencia,cuando el auto en el que viajaba -un Facel Vega Sport último modelo-con su editor Michael Gallimard,la esposa y la hija de éste,y el perro de Albert), reventó una llanta y  rompió la dirección. 
 Sucedió a veinticuatro kilómetros de Sens, en la Nacional 5 entre Champigny-sur-Yonne y Villeneuve-la-Guyad,y aunque despejada,la carretera estaba resbalosa por la escarcha y la lluvia del invierno francés,a tal que parecía a una pista enjabonada,flanqueada por árboles... Después de un bandazo,el Facel Vega se salió del asfaltado y se estrelló contra un plátano, dio un giro en el aire y golpeó contra otro árbol. Las mujeres que iban atrás salvaron sus vidas; Gallimard quedó herido y falleció cinco días más tarde. Y Camus murió en el acto. Es posible que ni siquiera se haya enterado de la proximidad de la muerte, aunque los que vieron su rostro dicen que tenía dibujada una expresión de horror. Del perro nunca se supo más nada.
El reloj del salpicadero se  detuvo a las 13:55 horas...


Albert Camus iba en el asiento delantero, sin cinturón de seguridad, por supuesto,a pesar de que muchas veces antes había repetido su frase:“Morir en voiture est une morte imbecile” (“No conozco nada más idiota que morir en una accidente de automóvil”).
Antes de la tragedia,todo había sido placentero y alegre para los viajeros,con Michel conduciendo con calma su Facel-Vega, Janine descansando atrás con hija,pues había cedido el asiento de copiloto a Camus. Viajaron a gusto: visitaron a unos amigos, comieron en Orange. Fue Gallimard,su editor y amigo,el que insistió en viajar en auto. Desde Lourmarin a París hay 755 kilómetros. El viaje estaba planificado para dos días. Salieron el domingo después de doce y pasaron la noche en Thoissy. En el hotel Chapon Fin quedó registrada la última firma de Camus. Cenaron en esa hospedería, cerca de Mâcon, donde brindaron por el nuevo año y por los 18 años recién cumplidos de Anne. Al día siguiente, después de una comida ligera en Sens,y retomaron el viaje,a cierta velocidad,pues la carretera era recta en aquel tramo.


Hasta que  la fatalidad los detuvo en las proximidades de Villeblevin, un pueblito del departamento de Yonne, donde el Facel-Vega se hizo pedazos.Los peritos hablaron del reventón de una llanta y de rotura del eje. Camus murió en el acto, el cráneo fracturado y el cuello roto,pero su médico personal .el doctor Lehmann, informó que el estado de los pulmones era grave,pues fumaba mucho y padecía tuberculosis. En uno de sus bolsillos fue encontrado el billete del tren de Lourmarin a París. Camus estaba decidido a viajar en tren porque no le gustaban los autos, la velocidad y, mucho menos, los días de lluvia.La muerte frustró su regreso, la muerte absurda. En su mochila, hundida en el barro, encontraron los manuscritos incompletos de una novela que muchos años después sería publicada por su hija : “El último hombre".




Tres años antes le habían entregado el premio Nobel. Y con el dinero del Nobel, Camus se compró la casa en Lourmarin, una pequeña localidad de no más de 600 almas cercana a Aviñón. En el último año pasó largas temporadas en esa finca,dando largas caminatas por el campo y patrocinando al equipo de fútbol del pueblo.

André Malraux, ministro de cultura de De Gaulle anunció la noticia al mundo. Su funeral fue austero y fue enterrado en Lourmarin.. Su amante, la actriz María Casares, hija de uno de los dirigentes de la república española, contó que Camus presintió su fin,y recordó que cuando se despidieron en París le dijo: “...Te imaginas que llegará un día en que estemos separados?”. Sin saber por qué, los dos se pusieron a llorar. Esa noche del cinco de enero ella lo esperaba en París. En su controvertida obra “El malentendido",él escribe: “Nadie se muere  cuando lo esperan”.  Pero llegó el absurdo a desmentirlo...

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