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11/03/2014

Muerte déjanos en paz...


de Pedro Miguel (Desde México).






Muerte, serena muerte:
Recibe a los irremediables con suavidad y ternura porque están urgidos de afecto. Han pasado por cosas muy duras y se merecen el descanso, el calor del seno terrestre, la ligereza de la atmósfera, la tibieza del recuerdo. Guárdate en tus aposentos sombríos y sé buena anfitriona con los que llegan a tu casa porque no tienen otro sitio al cual acudir. Asegúrate de que la nada que los envuelve les resulte cuando menos indolora y tal vez apacible.
Deja que te quitemos por unos días algunos de los nombres, algunos de los rostros que forman tu rebaño desmesurado: los pocos que se salvan del olvido. Queremos tenerlos con nosotros, platicar con ellos, homenajearlos y brindarles agua y café. Sabemos que algo, algo situado acaso en nuestro interior y no muy bien definible, sentirá gratitud con ese gesto, por más que las bebidas no lleguen a sus quijadas rígidas y a sus gargantas silenciosas. Si quieres verlo así, permítenos un margen para la fantasía y la ilusión. Pero no te entrometas ni reclames soberanía sobre esos pobres invitados de ocasión a nuestras mesas tristes y coloridas. Abstente por un tiempo de tocar con tu mano inmunda y descarnada sus fotos entrañables, sus brazos idos, sus párpados abiertos por estas solas noches frías. No traspases las líneas dibujadas con pétalos en donde los tenemos como asilados temporales. Ya te los devolveremos, porque es inevitable, cuando se marchite el cempasúchil. Hoy son nuestros, los proclamamos nuestros, porque queremos festejar la vida: la vida que tenemos y la de los que la tuvieron.
Muerte, fétida muerte: ándate por unos días a visitar a los calculadores y a los exaltados que te adoran y que te invocan como parte de su rutina diaria: los que no tuvieron piedad, los que te incluyeron en el programa y la estrategia, los que cuentan contigo para acrecentar sus fortunas, los que te administran lentamente en la pobreza de los otros, los que te inoculan de forma rápida con órdenes atroces y criminales, los que no se conduelen y siguen adelante, los que no escuchan y no entienden el sufrimiento ajeno.
Pinta con pintura negra sus casas, ensúciales sus despachos impolutos, lleva a su mesa y a su almohada los restos que dejaron regados, míralos fijamente desde las fosas sin ojos de los que asesinaron.





Convierte sus lágrimas hipócritas en vidrios afilados, congélales en la boca el discurso de piedad mentirosa, enciérrate con ellos por mucho tiempo en sus negocios subterráneos, sus salas de exterminio y sus cuartos de tortura. Convierte en polvo sus tasas de interés, baila sobre los huesos de sus altos cargos, Transforma en ataúdes sus automóviles blindados y sus aviones ejecutivos, vuelve mortajas sus prendas de diseño exclusivo, neutraliza con tu aliento el hedor de sus perfumes. Sé justiciera por primera vez en tu inexistencia.
Muerte, sórdida muerte: danos una pequeña tregua. Evítanos el estruendo de las balaceras, el dolor de los lamentos, el chirriar de las llantas antes del accidente, el estertor en el quirófano. Danos una pequeña tregua porque No captures al niño ni al joven, al que aún tiene mucho por dar y por recibir, al que está anclado a la vida simple, al que sueña con el futuro, al que no ha podido conocer el sabor de ciertas frutas, al que da de comer a sus prójimos, al que extrae figuras de la nada, al que transforma el aire en música, al que combina los colores, al que es una figura necesaria en el barrio, al que no tiene más bienes que la vida.
Muerte, desgraciada muerte: muévete unos pasos hacia atrás y abandona esa región ambigua de la ausencia y de la incertidumbre y permite que salgan de ella quienes han sido separados a la fuerza de su vida, de sus horarios, de sus habitaciones, de sus caminos cotidianos. No termines de hundirlos en la nada. No pretendas hacer tuyo lo que se balancea en la duda. No abuses de tu dominio en los territorios de la sombra. Que no se exceda tu ambición de coleccionar nombres. No des un paso más que podrías romper sus delicadas columnas vertebrales. Permite que regresen intactos y con bien de la desaparición: con sus extremidades completas y sus dientes enteros y sus sentidos funcionando, con su dedicación y su amor intactos, con sus carcajadas de adolesentes pobres. No nos los arrebates. Vivos se los llevaron y vivos los queremos.
Muerte, déjanos sembrar y leer y cantar y enojarnos y construir muros y después derribarlos y reproducirnos con amor y calma y embriagarnos y deshacernos de ternura por una nota musical, por una silueta apenas esbozada o por cualquier estupidez, y defender con uñas y dientes nuestra intrascendencia. Te exigimos respeto desde la soberanía de nuestros organismos, desde nuestra niñez efímera, nuestra madurez breve, nuestra fugaz ancianidad. No te aparezcas a mansalva y traición en un recodo del camino; permite que lleguemos cuando menos al poblado próximo y espéranos allí, sentada en la plaza o donde quieras. Puedes estar segura de que no vamos a dejarte plantada.
Ya nos has hecho mucho daño. Tu gula de rostros apagados es insaciable y ya nos has quitado padres, madres, hijos y tíos por montones. Hoy queremos estar con ellos y sin ti; charlar sin que nos escuches; deliberar sobre asuntos que no te incumben; amarnos como tú no sabes ni sabrás nunca; vivir la vida dulce, la puta vida amarga.

Muerte, déjanos en paz.


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11/03/2013

La visita...









Cae la tarde...confuso deambular por el lindero del cementerio... minutos robados a la  silenciosa destrucción; al asedio del mal bajo la lápida desnuda. Tarde vivida, que ahora muere sobre gradas de flores amarillas; es noviembre. Suena una campana y el caporal guarda a los caballos negros y rojos de la ranchería. Entre los limoneros una anciana  traza un camino de pètalos.Sus manos humean de copal y bajo el follaje la sombra parda y silenciosa del muerto suspira entre los naranjos. Tres tordos mensajeros se dispersan. Su vuelo semeja un son, lleno de acordes marchitos y ruda melancolía; quedamente se disuelve la neblina de la sierra. Los muchachos encienden las candelas y se ponen las máscaras. El más pálido llega y llama y ríe sumido en su etérea mortaja; tal vez sea el lugar del crimen, por donde pasa de largo un camino de piedras,al que llega. La sangre,su sangre, ha desaparecido,y ahora, bajo los pinos algo huye sórdido en el aire de plomo; la angustia, en la verde oscuridad, o el grito de un ahogado: en el estanque,  estrellan al ánima negra del asesino que no tiene pan,ni sal, ni un sorbito de aguardiente y su muerte se llena de soledad y delirio...


Se escuchan los rezos desde el cañaveral mezclados con las voces de los huapangueros y el muerto se balancea en el viento  y sobre las grises piedras, evocando las sombrías leyendas de la sierra, mientras sus ojos abiertos se petrifican sobre tinieblas ...
Es la muerte cabrona que le obliga a callar en los derruidos escalones de la casa paterna con la negrura nocturna que se alza ante sus párpados ebrios de blancas azucenas... y en la puerta, golpea el muerto con dedos de cristal.Un vapor azul, tiembla levemente en el colorido altar. Es triste su sonrisa en la oscuridad, como la de un niño que palidece en su sueño. Una chispa roja huye de su mano y una mariposa nocturna arde en ella... luz o muerte...
El infierno del sueño; oscuro sendero, pardo jardín. En la tarde azul irrumpe la figura del muerto. Las flores giran para mirarlo pero él ha sido despojado de su rostro y se inclina pálido sobre la ofrenda del oscuro recinto, ebrio ya de la voluptuosidad de los aromas... Y moribundo de su muerte, se precipita  sobre los sabores de la vida...



En la alborada debe partir,pero mira con persistencia hacia atrás. Su paso es plateado entre la sombra de los naranjos abatidos, el ánima sola se sostiene en las ramas negras y en la hierba helada...Cruza el  pórtico sombrío hacia el  lugar silvestre de lápidas blancas y niebla,y, entonces, de súbito,lanza un salvaje grito  hacia lo oscuro de su fosa,y se hunde en la tierra. Allá lejos, se agitan por el viento y la escarcha los negros almendros del sendero...

En la colina de osamentas la desesperación de los que vuelven a su  oscuro anida en sus trémulos y mudos gritos sin eco...

---------------------------------> ;Zuicidio